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In Atl
Tochan in atenco,
Necahualiztli, acaquiztli,
atoyatl imomanaya:
mimichti, xochitl, papalome, totome.
Almoloya,
cehualoticac in cuahuitl,
ahuilizapan, atocpan,
quiahuitl, cozamalotl.
Tlaelehuiliztli, tezotlaliztli,
amiquiliztli,
atezcatl, atoyotontli, huey atoyatl,
ilhuicatl, teoatl.
Itechcopa tihuallah,
acueyotl ipozonallo, nanyotl,
eztli, tonacayotl:
tonemiliz in atl.
Poesía Náhuatl, la de Ellos y la Mía
Miguel León Portilla |
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III
LOS ATETEOS
Basado en testimonio de Don Tomas de Guadalupe Zaragoza, Puebla y de Doña Socorro, de Zongolica, Veracruz.*
Valentina Ortiz
I
Mi niña se me perdió, mi niña se fue al río, regresó toda mojada. Desde ese día mi María ya no quiere comer, no quiere jugar, no quiere reír; sus ojitos se le están apagando.
El doctor del Centro de Salud le ha dado medicinas de muchos colores y hasta inyecciones, pero mi María se me va. Por fin escuché las palabras de mi abuela, es cierto: Los Ateteos del ojo de agua se llevaron el espíritu de mi María y me dejaron su puritito huacal.
Mañana tempranito voy a ir con mi abuela al lugar a donde María se metió al agua. Ahí vamos a tratar de recuperar espíritu de mi niña, vamos a gritar su nombre muy fuerte para que ella lo oiga y regrese, para que se acuerde que tiene madre. Vamos a pegarle al piso con unas varas de rosal que ya fuimos a cortar, para que los Ateteos la suelten.
Los Ateteos son unos duendes chaparritos; parecen niños barrigones con las caritas bien hechecitas y el cuerpo no tanto. Siempre andan encuerados, a veces con sombrero; viven en los ríos y los manantiales de por aquí. Les encanta jugar con los chamacos y se aprovechan de que los niños aún no tienen su alma bien hechecita.
A veces nada más juegan un ratito con nuestros chamacos y nosotros vemos cómo el niño se carcajea solito, pero hay veces que a los Ateteos se les pasa la mano y se encariñan del chamaco y pues se llevan su espíritu porque no pueden cargar con todo el chamaco, no aguantan el peso, porque son enanos.
Mañana voy a ir al Ameyal por mi María…
II
Todo el día le gritamos a mi niña y le pegamos duro al piso con las varas de rosal, pero los Ateteos no me la regresaron; mi niña sigue con su cuerpecito vacío.
Un compadre me contó que los Tzotziles de Chiapas saben cómo comunicarse con el lugar de las aguas y estoy segura de que ahí es donde los Ateteos tienen a mi María. Dicen que hay que subir al cerro más alto y pedirle a una ranita que haga un hoyo en la tierra; se hinca uno y habla por el hoyo. Así se comunica uno con el lugar del agua y sus seres poderosos. Hay que tener cuidado de tapar el hoyo después de usarlo, porque sino pueden salir muchos males por ahí.
Mañana voy a subir al Cerro Tláloc, aunque sea yo solita, porque mi María se me va y yo quiero que los Ateteos me la devuelvan.
III
Grité y grité por el hoyito hasta que por fin una voz me preguntó si en verdad quería recuperar a mi María. Yo dije que sí, que estaba segurita. Y entonces, en el río se abrió el encanto y supe que tenía que entrar. Entré y caminé. Era un lugar muy, muy hermoso, con plantas muy verdes y árboles cargados de muchas frutas. Había manzanas, plátanos, peras, verduras como el chile, el jitomate, el quelite. Había pozas de agua transparente y cascadas y siempre estaba lloviendo, pero de esa lluvia seca que casi ni moja.
Ahí a un ladito vi a mi María. Estaba jugando con muchos otros niños y la llamé. Ella llegó corriendo, contenta de verme y me dio la manita. La jalé y seguí caminando lo más rápido que pude. No agarré nada de comer, aunque sentía mucha hambre, porque sabía que si tocaba algo nos quedaríamos allí mi María y yo para siempre.
Después de un ratito de andar, en el cielo vi un brillo raro, como de fuego, y subí hacia él. Di el paso y aterricé en unas piedras duras y secas. Quedé ahí sentada en la tierra polvosa, con mi María a un lado. Su sonrisa estaba llena de luz. Un tiempito después me di cuenta de que habíamos salido a un ladito del pozo que está hasta arriba del cerro Tláloc, en medio de las viejísimas paredes aztecas que hay ahí. Estábamos exactamente en el lugar donde los antiguos les rezaban y cantaban a los dioses del agua.
IV
María y yo caminamos rápido para bajar del cerro y llegar a nuestra casa. Cuando llegamos ya era de noche y vimos que el fuego de la casita estaba apagado. Yo me molesté con mi abuela por no cuidar la lumbre, porque en la mañana yo había dejado todo bien encendido y con mucho leña a un lado. Entramos en la casa y supe que algo andaba mal porque la casa estaba llena de polvo.
Me fui a casa de mi comadre Juana, que vive ahí juntito, y los perros me ladraron muy feo. Me quedé quietecita hasta que Juana salió. Entonces, al verme, ella gritó y se persignó. Por fin, en silencio, se acercó a mí y me tocó la cara, me pellizcó los cachetes. Cuando estuvo convencida que yo sí era de verdad, ella exclamó: “Comadre, pero si hace más de un año que usted se perdió, ya la hacíamos muerta, a usted y a su María.”
V
Con el tiempo nuestras vidas volvieron a ser las de antes y los del pueblo por fin dejaron de persignarse cada vez que pasábamos. Pero yo no olvido el lugar del agua, lo hermoso que es. También ahora sé que un día de los de allá abajo vale un año de los de acá arriba. Ahora, cada año, el día de San Juan, subo al cerro Tláloc y le pido a una ranita que haga un hoyo en la tierra para mirar aunque sea un ratito las bellezas del lugar del agua. Y por si acaso, a un lado del hoyo, dejo un plato de gallina en mole, unos cigarritos y un jarrito de pulque por si algún Ateteo quiere probar un poquito del alimento que preparamos los humanos.
Pero eso sí, cada vez que mi María sale de la casa me aseguro que ella traiga su playerita al revés. Está confirmado que así es como uno confunde a los Ateteos, cuando ellos ven la playera al revés no saben si uno viene o va, y pues en la confusión ellos ya no pueden llevarse tu alma.
* “Tlamatines: Controladores del Tiempo de la Falda del Cofre de Perote” Blanca Rebeca Noriega Orozco |
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